Ser profesionales: El sueño de miles de empleadas domésticas

La miseria las obliga, sin embargo gracias a la noble labor de diversas organizaciones, cientos de “cipotas” no se resignan a envejecer como “nanas” en viviendas ajenas y cumplen su sueño de ir a la universidad.

La edad de la mayoría de hondureñas que labora en el sector doméstico oscila entre 15 y 24 años, aunque un grupo significativo tiene de 36 a 59 años, según revelan las encuestas del Instituto Nacional de Estadística (INE).
Para las adolescentes es muy triste planchar a diario uniformes de colegio que no son suyos y ver pasar por sus manos numerosos libros que jamás leerán porque solo tienen tiempo para sacudirles el polvo.
Se levantan temprano para esperar el bus del colegio, pero justo antes de llegar a la puerta, sueltan la mano de un niño que con su mochila al hombro ingresa contento rumbo a la escuela.
Esta es la cruel realidad de aquellas menores a quienes les dicen: “La muchacha”, “la nacha”, “la trabajadora”, cuyo promedio de años de estudio es de 5.8 según datos del INE.
Las más privilegiadas son las que trabajan en el Distrito Central, pues al menos finalizan su educación primaria.
 
Desempeñar un trabajo ilegal entre las cuatro paredes de una casa es para estas adolescentes una desventaja, pues no gozan del salario mínimo y ninguna autoridad regula lo que ahí sucede, a menos de que haya denuncias.
El buen corazón de sus patronas es la única esperanza de estas jovencitas que no integran ningún sindicato y que no ganan horas extra.
IRIS VA A LA UNIVERSIDAD
A los 16 años, Iris Raquel Ruiz barría los pisos de una casa, lavaba y planchaba ropa, hacía comida y toda clase de oficios caseros, recibiendo con inmensa alegría los 10 lempiras que le pagaban por un día de trabajo.
Una escoba, una plancha y un jabón para lavar ropa eran las herramientas con las que la joven construía el camino para encontrar su derecho a la educación.
Hoy tiene 25 años y estudia la carrera de Fisioterapia en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH).
“Trabajé en una casa como empleada doméstica, no me querían poner a estudiar entonces yo me metí a trabajar; lo más difícil es que a uno no le queda tiempo para estudiar, yo empezaba a trabajar a las 8:00 de la mañana y salía a las 5:00 de la tarde”.
 
A los 18 años Iris cruzó las puertas del proyecto “Reyes Irene Valenzuela” de la Sociedad Amigos de los Niños, fundado por Sor María Rosa en el 2001, para beneficiar a niñas y adolescentes pobres de 13 a 18 años de edad.
Cada año unas 80 jóvenes se gradúan de Bachilleres en Ciencias y Letras gracias a este proyecto que no solo les brinda formación académica, sino también valores espirituales y autoestima.
“Gracias a Dios aquí en el proyecto me gané una beca, después me matriculé en la carrera de Fisioterapia en la universidad. Escogí esta carrera porque tengo un hermano que le pegó un derrame y otro hermano al que lo tirotearon y que no puede mover el brazo”, recordó.
Como muestra de su gratitud al proyecto, Iris colabora en sus ratos libres atendiendo en el portón a otras chicas que trabajan como empleadas domésticas y que anhelan ir a la universidad, como ella.
“Colaboro atendiendo a la gente en la puerta o contestando el teléfono, o en la farmacia, dándoles los medicamentos a las jóvenes. Tengo una hija de cuatro años, tuve mi hija a los 21 años y soy madre soltera, pero estudiando le podré dar un mejor futuro a mi hija”, expresa Iris, sentada en los pupitres de un aula del proyecto, recordando viejos tiempos.
UN TRABAJO FEMENINO
A nivel nacional más de 78 mil personas trabajan en el sector doméstico, de las cuales el 91.1 por ciento es mujer y el 22.1  por ciento lo conforman adolescentes de 10 a 18 años.
 
La trabajadora social del Proyecto “Reyes Irene Valenzuela”, Lilliam Matute, indica que actualmente las muchachas que trabajan como empleadas domésticas en la capital provienen de los departamentos de Intibucá, Lempira, La Paz y El Paraíso.
“Los padres las mandan a Tegucigalpa debido a la difícil situación económica que se está viviendo en el país, muchos de los papás son agricultores de bajos ingresos, que apenas tienen su parcelita o que trabajan para otra persona”, cuenta Matute.
Sin embargo, la pobreza en Honduras es tal que aún los padres de familia de Tegucigalpa y Comayagüela se ven obligados a enviar a sus hijas adolescentes a prestar servicios domésticos en viviendas de personas con nivel alto o medio.
“Estas niñas provienen de sectores muy precarios, de colonias como la Villa Nueva, Nueva Suyapa, El Carrizal, Los Pinos, que trabajan para poder ayudar a sus familias”.
“Son niñas con muchos problemas, económicos, de influencia de maras, de delincuencia, que son violentadas en sus derechos, por necesidad tienen que trabajar aún siendo niñas”.
El proyecto atiende a unas 450 menores, de las cuales al menos el 50 por ciento es empleada doméstica. Y aunque trabajan para poder estudiar, los oficios caseros no solo les absorben todo el tiempo a las chiquillas sino que las condenan al agotamiento permanente.
“Tuvimos una niña que sus patrones salían a eventos sociales por la noche, de un alto nivel, y regresaban a la casa a eso de la 1:00 a 2:00 de la madrugada”. “La niña tenía que estar lista con la llave para abrirles el portón cuando ellos regresaban, esa niña siempre andaba con sueño, sin ganas de estudiar”.
 
Matute explica que a pesar de que las niñas trabajan con la aspiración de estudiar, lamentablemente el mismo trabajo les impide a muchas alcanzar esa meta.
“Tienen horarios de hasta 20 horas de trabajo, pero ellas vienen aquí con un sueño, cansadas, sin tareas, muchas veces les va mal en los exámenes porque no tienen tiempo para dedicarse a sus estudios”.
El proyecto cuenta con cinco secciones de bachillerato conformadas no solo por empleadas domésticas sino también por niñas que venden tortillas o que pertenecen al sector de la economía informal.
Asimismo se les ofrecen talleres de formación de valores, ciclos de reflexión, educación a distancia, merienda, atención médica, formación vocacional y terapia psicológica.
 
CÍRCULO DE POBREZA
Para la directora de Previsión Social de la Secretaría de Trabajo, Elsa Ramírez, el trabajo infantil no regulado crea un círculo de pobreza en la vida de miles de niños hondureños.
“Si los niños no asisten a la escuela o al colegio, se crea un círculo de pobreza, porque estos menores al convertirse en adultos no estarán suficientemente capacitados para optar a un mejor salario”, manifiesta la funcionaria.
A criterio de Ramírez, uno de los logros más importantes del país en la materia es la creación de una política de trabajo infantil que define el quehacer de cada dependencia del gobierno.
“Y la segunda acción más importante que hemos ejecutado es que ahora en la boleta de matrícula de los centros escolares se incluye una casilla en la que se especifica si el niño realiza trabajo infantil y en qué área”.
El trabajo doméstico se ha convertido en la ruta peligrosa que siguen miles de niñas hondureñas para ganarse con el sudor de su frente su derecho a la educación. Unas llegan incluso a las puertas de la universidad, pero muchas otras son atacadas en el camino por los típicos monstruos de esta labor: sobreexplotación, abuso sexual y maternidad precoz.